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Ragnar Kjartansson



Me gustó mucho su exposición en la Luhrine Augustine Gallery de Nueva York.

Aquí un fotograma de la videoinstalación que presentó en el pabellón islandés de la Biennale 2009 haciendo el David Crockett:

http://www.banffcentre.ca/media_room/images/wpg/2010/#end

Mi padre tomó la playa en Normandía

Así como suele ser relativamente común que se interesen por tu color, comida o canción favorita, nunca nadie ha osado preguntarme por mi sentimiento preferido. Si lo hiciera, y se aventurara a atravesar el pudor emocional que no tengo, le diría que, entre todos, elegiría siempre la nostalgia. La nostalgia es lluvia, son campos de trigo, papeles arrugados y fotografías quemadas por la luz. La nostalgia es siempre estética e idealizada, es de todo menos triste.

Ayer vi una exposición sobre el análisis del concepto y significado del souvenir a través del tiempo que, entre otras cosas, hablaba del souvenir como catalizador de la nostalgia a través de un bonito vídeo de found footage de Andrés Hispano. Adormecida por el efecto hipnótico del que es, ya lo he dicho, mi sentimiento favorito, pude contemplar la perfección hecha bola de nieve, cajita de recuerdos, recortes de nevera y recuerdos del verano que no sucedió.

En mi imaginario, elijo dos fragmentos para montar el vídeo que nunca llegaré a montar. El primero, de una película que no faltó en el collage de ayer, es casi imprescindible. El segundo, de mi película favorita de la infancia, es puro culto a la nostalgia. Nostalgia como recurso narrativo. Nostalgia como estética. Metanostalgia en todos los sentidos.

Suspiro.






Notas de Madrid I

La semana pasada estuve en Madrid. Hacía ya unos tres años que no me citaba con el oso y el madroño, así que decidí aprovechar mi ociosa situación de desempleada para pasar unos días en la mejor de las compañías.

Lo bonito de Madrid es que, por muchas veces que vaya, tiene ciertos clásicos que nunca puedo dejar de visitar. El paseíto por el Prado es obligatorio -aunque ahora me amenacen con mi creciente vejez y me quasi-impidan hacer uso de mi carnet de estudiante-,básicamente porque, por muchas veces que entres, nunca saldrás habiendo visto lo mismo, o, al menos, con los mismos ojos.

Esta vez, opté por pasar de Velázquez y me dediqué, fundamentalmente, a remirar retratos del XVIII y a descubrir, de una vez por todas, el Tesoro del Delfín. Eso de que te pongan en el sótano más bajuno de la pinacoteca, como para recordarte que nunca serás cuadro, debe de ser desalentador. Fascinada quedé por los dragones de cristal transparente y los vidrios esmaltados que antaño no me habían suscitado ningún interés. Fascinada quedé, igualmente, por las hordas de adolescentes alemanes que deambulaban en torno a mí.

Si bien dediqué largos minutos a perderme por los retratos de Reynolds, fueron los retratos infantiles lo que más atrajo mi atención. Debo reconocer que últimamente pienso mucho en la historia de la indumentaria infantil y en nuestra relación de amor-odio.

En mi libretita pasaporte de Muji apunté: Prado- Casquetes encaje niños s. XVIII. Y lo acompañé de un dibujo que parece más una muffin que una cabeza decorada. Esos tocados-redecillas-casquetes o comoquiera que se llamen, me hicieron pensar en el emocionante proceso aspiracional hacia la edad adulta en un momento histórico en el que los niños no eran más que adultos en pequeñito. Los encajes, a modo de pelucas, reproducen las ondas del cabello, esas ondas que estructuran los complejos recogidos de las damas del XVIII.


También apunté: Trajecito colegial Imperio. Ese mono de una pieza sin principio ni fin, ese spencer con bordados que confunden, aún más, la silueta del protagonista. ¿Puede acaso concentrarse mayor nivel de elegancia en un cuerpo tan diminuto? Mariano, ¡qué distinguido eres!


Pese a lo satisfactorio de la visita, no puedo ocultar mi decepción al ver truncado el que, en realidad, era mi objetivo primigenio: ver la pintura española del XIX supuestamente incorporada gracias a la ampliación. Y digo "supuestamente" porque parece ser que las obras se sacaron únicamente para la inauguración y las fotos oficiales, pero que realmente serán expuestas a partir de otoño.

Entre ellas, yo sólo me conformaba con ver un cuadro, el de la pandilla más moderna y elegante del universo bidimensional. Nouvelle Vague.



Créditos de imágenes en sus respectivos links.

Cabeza, tronco y extremidades

A pesar de que mi memoria a largo plazo se está convirtiendo con el tiempo en terreno dudoso y resbaladizo -y aquí resuena la campanada de mi inminente cumpleaños- aún recuerdo con nitidez mi primera experiencia en el fabuloso mundo del estudio.

Tenía seis años. Me senté junto a la mesa de la cocina y me dispuse a memorizar el primer "recuadro" de extensión considerable que nos habían mandado en el colegio. Abrí el libro de Ciencias Naturales y comencé.

"El cuerpo humano está formado por cabeza, tronco y extremidades".

Enseñanza básica donde las haya. La información, en cambio, resultaba harto incompleta...

No es ninguna novedad que los niños tienen una manera peculiar de conceptualizar la realidad a través del dibujo y que sus niveles de abstracción exceden los límites de la mímesis de los sistemas de representación Occidentales. Yo me centré siempre en la cabeza y las extremidades, relegando al tronco a un papel de simple nexo entre una gran diversidad de ramificaciones amorfas. Otros dibujan cabezas diminutas, perros tan grandes como dragones o casas en las que, como en Alicia en el País de las Maravillas, sus habitantes no cabrían ni de lejos.

El mundo de la infancia es fascinante y misterioso, y las que, como yo, crecimos queriendo ser mayores y nos resistimos ahora a crecer, solemos caer una y otra vez en idealizaciones estereotípicas que nos hablan más de los cuentos y fábulas victorianas que de la experiencia real de ser niñas en el aquí y ahora. La niñez no se parece en nada a los bellísimos editoriales de la revista Lula -mi preferida, por otra parte-, no es romántica, etérea, ni delicada. La mentalidad de un niño es contundente y desproporcionada.

Sobre la desproporción vinculada al universo infantil, citaría dos propuestas fascinantes.

Una de ellas es la serie Wonderland, del artista Yeondoo Jung. Sus reconstrucciones fotográficas de dibujos hechos por niños nos presentan realidades límite donde los objetos poseen escalas sorprendentes. Desde que vi sus fotos en el número 33 de Exit "Érase una vez" - altamente recomendable-, no he dejado de pensar en su representación hipnótica del estereotipo y la presencia totalizadora del ideal Occidental difundido por Disney, Barbie y demás redes de consumo.

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La otra propuesta viene de la mano de la Maison Martin Margiela y sus prendas de juguete reproducidas a escala humana presentadas en la colección de Otoño/Invierno 1994-95 y en primavera/verano de 1995 y 1999. No las conocía antes de verlas en la exposición del MOMU. Botones desmesuradamente gigantes, cremalleras gordísimas, hilos tan gruesos como cables de teléfono y ese aspecto rígido e informe que siempre han tenido las prendas de Barbie, Ken y su viril amigo G.I. Joe. Mi detalle preferido: los típicos hilos que cuelgan, evidenciando la precaria manufactura de la ropa muñequil, convertidos en maxi-hilazos de aspecto terrorífico.



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Y, recordad, el cuerpo humano está formado por...

1-4. Fotos de la serie Wonderland de Yeondoo Jung.
5-6. Fotos de la exposición Maison Martin Margiela (20) (MOMU, Antwerpen, 12 septiembre 2008- 8 febrero 2009)

Flores en el pelo


Las chicas de ciudad no tenemos campos de lavanda, trigales, ni cerezos en flor. No cantamos con los pájaros -a excepción de algunas estrofas aisladas que comparto con las ruidosas gaviotas que sobrevuelan mi balcón- y, lo que es aún más duro, no recogemos pequeños ramilletes de flores en nuestros paseos vespertinos. Es más, algunas de nosotras ni siquiera tenemos paseos vespertinos.

Es en este punto cuando descubrimos que la única opción, el último refugio contra el tedio, son las flores en el pelo. Muchas no se acaban de convencer y esbozan tímidos ademanes con la florecilla de jazmín de un parque cualquiera en una noche de agosto. Otras, sin dilación, lo descartan. "Demasiado romántico" –pensarán-.

“¿Suficientemente romántico?” –se preguntarán las más acertadas-.

Nos gusta esa sensación de huída, ese optar por la feminidad trascendente. Vestidos románticos, tejidos románticos, peinados románticos… ¿Pero es acaso tocarse con flores una “actividad” genuinamente romántica? Sabemos que no, conocemos bien los laureles, la Arcadia y la novela pastoril. Pero… ¿se ponían, entonces, las señoras románticas bouquets de flores en el pelo? Yo me inclino por pensar que el clásico bandós –raya al medio con sendos mechones reposando sobre el óvalo de la cara y recogido posterior- era el rey de todas las fiestas.

Es, sin embargo, otra costumbre capilar de su tiempo la que me hace suspirar e híper ventilar al mismo tiempo –y es aquí cuando se produce el silencio sepulcral a la espera del relato de la dama-: las labores de cabello. Y suspiro e híper ventilo porque a la fascinación conceptual que me produce no puedo restarle las náuseas que me invaden durante su contemplación en vivo y en directo.







El Museu Frederic Marès –mi preferido en Barcelona, sin duda alguna- me ha enseñado cosas fabulosas. Una es que puedes llegar a codiciar un bodegón de cabellos trenzados, otra es que nunca puedes decir que has visto suficientes pitilleras o fundas de anteojos en el mismo espacio rectangular. Estas vanitas capilares lo tienen todo: memoria, pérdida y un extenuante potencial decorativo.

Me sigue pareciendo maravillosamente romántica la costumbre de regalar un mechón de cabello a la persona amada, independientemente de que el pelo pueda acabar pudriéndose en una cajita de recuerdos guardada bajo el colchón. Lo bonito es el acto de la entrega, esa confianza en el poder mnemotécnico de la reliquia. Nadie regalaría una uña del pie, no queda fino. El pelo, en cambio, y pese a ser materia muerta en todos los sentidos, no se desprende de las alusiones románticas.

Con todo, y más allá de la náusea producida por la contemplación de ajados mechones de propietarios a veces desconocidos y siempre muertos, sigo pensando que las labores de pelo no están tan alejadas de nuestro sentir contemporáneo. Son como las flores en el pelo de las chicas de ciudad. Nos permiten soñar, trenzan el recuerdo y nos acercan, al menos en teoría, a la tristeza de lo que pudo haber sido (y, sin embargo, no fue).





Algunas de mis propuestas de tocado para este verano: broche de camelia, flor rosa (H&M) y flores de origami (hechas por mi)
Labores de pelo- www.victorianhairjewelry.com
Lazo de flores (hecho por mi)

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