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¡Nuevo blog!
He empezado un nuevo blog para ir recopilando ideas para nuestra boda. Es una manera de tener organizados los millones de favoritos de flickr, los destacados del Google Reader y demás.
Por otra parte, no sé si seguiré actualizando aquí o crearé otro blog para mis cosas personales... soy una dispersa!!!
De momento, estoy poniendo cosas muy bonitas aquí:
Bambi y su nueva mamá
Como muchos sabréis, el momento más glorioso de los domingos a mediodía en la capital del Turia es la rapiña post-rastro. El caso es que el rastro de Valencia es pequeño, cutre y limitado en comparación con el de Madrid o Els Encants en Barcelona, pero en su cutrez alberga la esencia rastril, es decir, su caracter puramente efímero y transitorio.
Y es que en el rastro de Valencia lo que no se vende, se tira. ¿Quién va a comprar basura cuando sabe que esa misma basura será gratuita a eso de las dos? Cierto es que este argumento es sólo válido para los montoncitos de trastos variados -y no para los contados puestos de objetos "de valor" o mínimamente especializados- y para aquellos objetos que hayan superado la criba pre-rapiña, o, lo que es lo mismo, la compra y la destrucción. En esta última fase, he llegado a ver verdaderas atrocidades: revistas de principios de siglo rotas en pedazos, cuadros rajados, niños de siete años atizando con una plancha una vajilla setentera... O mío o de nadie, esa es la actitud. Luego están los que, ya en plena rapiña, se ubican junto a un montón abandonado e intentan venderte a euro lo que tú ya estás a punto de llevarte por la patilla. Algunos te amenazan con un palo, pero es cuestión de imponerse sobre el caos -o de disponer de un palo de mayor tamaño-. Lo que es de todos es de todos, y punto. Yo he rescatado verdaderas maravillas. Bolsos, maletas, revistas, cuadritos y, sobre todo, millones de libros. Eso sí, lejos quedaron aquellos tiempos de rapiña indiscriminada, de ediciones mediocres de Pedro Antonio de Alarcón y el Marqués de Sade -que ahora descansan en mi caja de libros para donar a la biblioteca-, ahora sólo lo fabuloso se vuelve conmigo a casa.
El domingo me puse toneladas de colorete y protector solar para ir a darlo todo al parking del Mestalla -ahí es donde ponen el rastro, y donde se lleva a cabo mi contacto más próximo con el equipo local-. Hacia las tres de la tarde, volvíamos hacia casa con un par de dinosaurios de boca abierta -David los colecciona y es lo único por lo que pagó, 1 €, para ser más exactos-, un cuadrito con una lámina de mariposas, una guía Michelín francesa de 1967, un puñado de botones bonitos y -tachán!- el que ya es el más mágico de todos mis hallazgos callejeros. Esta cabeza de Bambi sacada de algún tiovivo o similar es, con diferencia, lo mejor que he encontrado nunca en el agujero de un árbol. Obvié el pipí potencial y el dedo de roña que lo cubría y lo cogí para pasearlo con orgullo de camino a casa. Después de una sesión de spa, es el cervatillo más amigable del mundo. Aún no tiene ubicación fija, pero ya es el rey de la casa.
Y es que en el rastro de Valencia lo que no se vende, se tira. ¿Quién va a comprar basura cuando sabe que esa misma basura será gratuita a eso de las dos? Cierto es que este argumento es sólo válido para los montoncitos de trastos variados -y no para los contados puestos de objetos "de valor" o mínimamente especializados- y para aquellos objetos que hayan superado la criba pre-rapiña, o, lo que es lo mismo, la compra y la destrucción. En esta última fase, he llegado a ver verdaderas atrocidades: revistas de principios de siglo rotas en pedazos, cuadros rajados, niños de siete años atizando con una plancha una vajilla setentera... O mío o de nadie, esa es la actitud. Luego están los que, ya en plena rapiña, se ubican junto a un montón abandonado e intentan venderte a euro lo que tú ya estás a punto de llevarte por la patilla. Algunos te amenazan con un palo, pero es cuestión de imponerse sobre el caos -o de disponer de un palo de mayor tamaño-. Lo que es de todos es de todos, y punto. Yo he rescatado verdaderas maravillas. Bolsos, maletas, revistas, cuadritos y, sobre todo, millones de libros. Eso sí, lejos quedaron aquellos tiempos de rapiña indiscriminada, de ediciones mediocres de Pedro Antonio de Alarcón y el Marqués de Sade -que ahora descansan en mi caja de libros para donar a la biblioteca-, ahora sólo lo fabuloso se vuelve conmigo a casa.
El domingo me puse toneladas de colorete y protector solar para ir a darlo todo al parking del Mestalla -ahí es donde ponen el rastro, y donde se lleva a cabo mi contacto más próximo con el equipo local-. Hacia las tres de la tarde, volvíamos hacia casa con un par de dinosaurios de boca abierta -David los colecciona y es lo único por lo que pagó, 1 €, para ser más exactos-, un cuadrito con una lámina de mariposas, una guía Michelín francesa de 1967, un puñado de botones bonitos y -tachán!- el que ya es el más mágico de todos mis hallazgos callejeros. Esta cabeza de Bambi sacada de algún tiovivo o similar es, con diferencia, lo mejor que he encontrado nunca en el agujero de un árbol. Obvié el pipí potencial y el dedo de roña que lo cubría y lo cogí para pasearlo con orgullo de camino a casa. Después de una sesión de spa, es el cervatillo más amigable del mundo. Aún no tiene ubicación fija, pero ya es el rey de la casa.
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La heterodoxia de las sillas
De un tiempo a esta parte me encuentro fascinada por las sillas y las posibilidades que éstas esconden más allá de su función asentadora. Me gustan las sillas-mesita de noche, las sillas-estante, las sillas-escalera e, incluso, las sillas-sillas. Estas últimas, las sillas del desinterés Kantiano, las sillas por sí mismas, me gustan a pares y son, quizás, las más bonitas de todas. Me gustan las mesas de veinte comensales acompañadas de veinte sillas diferentes, me gusta la heterogeneidad y la descoordinación cromática.
Desde que me mudé a Valencia, no he dejado de vagar por las calles al acecho de sillas fabulosas en busca de una segunda oportunidad. En Barcelona, el martes de los trastos era garantía segura de felicidad y descubrimiento. Aquí os muestro una de nuestras sillas, adoptada por David para mi entonces recién nacido tocador. Tiene las patitas torcidas, pero soporta mi peso la mar de bien.
En Barcelona se tira para renovar, en Valencia sólo se desecha lo decrépito. Ventajas y desventajas del crecimiento irregular de la burguesía en el siglo XIX -algunos dicen que han visto divanes modernistas por la zona alta, yo no he sido tan afortunada-. Lo cierto es que los contenedores valencianos ya no son lo que eran. Cuando éramos jovenzuelos, y no teníamos casa propia, llorábamos encuentros fortuitos con sillones esplendorosos de los que ya no se encuentran por las calles. La crisis ha llegado hasta aquí, y nosotros, los rastreadores de tesoros basureros, nos tenemos que resignar.
El sábado, con lluvia y todo, encontré esta silla que me pareció preciosa, y, arrebatada por el hallazgo, ordené a David que la cogiera y la subiera a casa -yo iba muy guapa y no me quería manchar, juju...-.
Reconozco que contradije mi más sagrada norma basuril: nada de tejidos, y mucho menos mojados. Me horroriza limpiar tapizados y demás telas dependientes porque sé que la desinfección total es una utopía. Y me da grimilla. La de bolsos del rastro que me he cargado por querer limpiar demasiado. Pero esta silla me sonrió y pensé que ya era hora de embarcarme en el fabuloso -y aún desconocido para mí- mundo del retapizado. Me encantan los Before and After de Design Sponge. Un nuevo proyecto para la mujer dispersa!!
Desde que me mudé a Valencia, no he dejado de vagar por las calles al acecho de sillas fabulosas en busca de una segunda oportunidad. En Barcelona, el martes de los trastos era garantía segura de felicidad y descubrimiento. Aquí os muestro una de nuestras sillas, adoptada por David para mi entonces recién nacido tocador. Tiene las patitas torcidas, pero soporta mi peso la mar de bien.
En Barcelona se tira para renovar, en Valencia sólo se desecha lo decrépito. Ventajas y desventajas del crecimiento irregular de la burguesía en el siglo XIX -algunos dicen que han visto divanes modernistas por la zona alta, yo no he sido tan afortunada-. Lo cierto es que los contenedores valencianos ya no son lo que eran. Cuando éramos jovenzuelos, y no teníamos casa propia, llorábamos encuentros fortuitos con sillones esplendorosos de los que ya no se encuentran por las calles. La crisis ha llegado hasta aquí, y nosotros, los rastreadores de tesoros basureros, nos tenemos que resignar.
El sábado, con lluvia y todo, encontré esta silla que me pareció preciosa, y, arrebatada por el hallazgo, ordené a David que la cogiera y la subiera a casa -yo iba muy guapa y no me quería manchar, juju...-.
Reconozco que contradije mi más sagrada norma basuril: nada de tejidos, y mucho menos mojados. Me horroriza limpiar tapizados y demás telas dependientes porque sé que la desinfección total es una utopía. Y me da grimilla. La de bolsos del rastro que me he cargado por querer limpiar demasiado. Pero esta silla me sonrió y pensé que ya era hora de embarcarme en el fabuloso -y aún desconocido para mí- mundo del retapizado. Me encantan los Before and After de Design Sponge. Un nuevo proyecto para la mujer dispersa!!
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El día de la calabaza y las carnes no convencionales
Una de las consecuencias de estar en paro es la dificultad de concentrarse en nada que no sea perder el tiempo de manera desorbitada. Hoy es un día excepcional, a partir de hoy, y como ya contaré más adelante, formo parte de un programa de aprovechamiento del tiempo e incremento de la productividad pensado por David y diseñado por ambos mientras comíamos tarta y bebíamos vermut.
Hoy he:
-Recogido la ropa del tendedero.
-Puesto la lavadora.
-Tendido la ropa
-Recibido a los albañiles que, muy amablemente, han tapado el agujero del tamaño de una oveja adulta que practicaron ayer en el techo del baño.
-Dejado entrar a una señora que había perdido un gato y lo había avistado cerca de mi terraza -el gato se ha ido alejando más y más y no ha respondido a la lata de comida que agitaba la señora-.
-Escuchado historias a propósito de vecinos que debía conocer y no conozco de manos de la propietaria del gato, que puede que vuelva luego si vuelve a ver al gato rondando por aquí.
-Estudiado l'anteriorité, la simultaneité y la posteriorité.
-Hablado media hora por teléfono con Sandra.
-Recuperado el interés por el blog.
Hasta hoy, en lo que consideraré a partir de ahora unos meses oscuros en mi biografía, la mayor parte de los días se consumían delante del ordenador explotando mi reciente suscripción a Megavideo. Y cocinando. Cocinar es lo único productivo que hago, porque, por lo demás, soy un ama de casa lamentable. No me gusta limpiar, lo reconozco, me gusta hacer pasteles.
El domingo, por ejemplo, fue el día de la calabaza, lo que ya le he contado a todo el mundo como dato gracioso. Herví una calabaza pequeña y con ella hice cous cous con calabaza y cebolla, mini quiches de calabaza, bizcocho de calabaza y magdalenas de calabaza con chocolate fundido por encima. Debo decir que me sobró un poco y tuve que congelar un minitupper de calabaza para un futuro no muy lejano.
Por otra parte, y siguiendo con la comida, ayer probé la carne de avestruz -versión hamburguesa de Filo, mi carnicería favorita del mercado - y descubrí que las avestruces, como casi toso, saben a ternera, sin más. ¿Será que comemos pollo y ternera como paradigmas de los sabores universales? Aunque, ¿no deberían saber las avestruces a pollo?
Hoy he:
-Recogido la ropa del tendedero.
-Puesto la lavadora.
-Tendido la ropa
-Recibido a los albañiles que, muy amablemente, han tapado el agujero del tamaño de una oveja adulta que practicaron ayer en el techo del baño.
-Dejado entrar a una señora que había perdido un gato y lo había avistado cerca de mi terraza -el gato se ha ido alejando más y más y no ha respondido a la lata de comida que agitaba la señora-.
-Escuchado historias a propósito de vecinos que debía conocer y no conozco de manos de la propietaria del gato, que puede que vuelva luego si vuelve a ver al gato rondando por aquí.
-Estudiado l'anteriorité, la simultaneité y la posteriorité.
-Hablado media hora por teléfono con Sandra.
-Recuperado el interés por el blog.
Hasta hoy, en lo que consideraré a partir de ahora unos meses oscuros en mi biografía, la mayor parte de los días se consumían delante del ordenador explotando mi reciente suscripción a Megavideo. Y cocinando. Cocinar es lo único productivo que hago, porque, por lo demás, soy un ama de casa lamentable. No me gusta limpiar, lo reconozco, me gusta hacer pasteles.
El domingo, por ejemplo, fue el día de la calabaza, lo que ya le he contado a todo el mundo como dato gracioso. Herví una calabaza pequeña y con ella hice cous cous con calabaza y cebolla, mini quiches de calabaza, bizcocho de calabaza y magdalenas de calabaza con chocolate fundido por encima. Debo decir que me sobró un poco y tuve que congelar un minitupper de calabaza para un futuro no muy lejano.
Por otra parte, y siguiendo con la comida, ayer probé la carne de avestruz -versión hamburguesa de Filo, mi carnicería favorita del mercado - y descubrí que las avestruces, como casi toso, saben a ternera, sin más. ¿Será que comemos pollo y ternera como paradigmas de los sabores universales? Aunque, ¿no deberían saber las avestruces a pollo?
Mi amigo el tricotín
Como tengo tiempo mil y no lo aprovecho nada de nada, me he apuntado a un par de cursitos gratuitos del ayuntamiento. Ayer empecé el taller de "Complementos con tricotín" y me lo pasé tan bien que me sentí hiperculpable por haber abandonado mis proyectos costuriles.
De entrada, el target del curso me fascinó. La media de edad era de siete o nueve años, niñas con uniforme, con sus mochilas y sus coletas -como yo siempre digo, quién quiere a los adultos cuando se puede estar con niños-. Todas niñas muy formales y avanzadas, eso sí, menos una que tricotó y destricotó sin sacar nada en claro. Tenía unos dedos diminutos.
La verdad es que yo no tenía muy claro en qué consistía exactamente un tricotín, ni qué se podía hacer con tal invento, así que, cuál fue mi sorpresa cuando me presentaron a mi gran amigo:
De entrada, el target del curso me fascinó. La media de edad era de siete o nueve años, niñas con uniforme, con sus mochilas y sus coletas -como yo siempre digo, quién quiere a los adultos cuando se puede estar con niños-. Todas niñas muy formales y avanzadas, eso sí, menos una que tricotó y destricotó sin sacar nada en claro. Tenía unos dedos diminutos.
La verdad es que yo no tenía muy claro en qué consistía exactamente un tricotín, ni qué se podía hacer con tal invento, así que, cuál fue mi sorpresa cuando me presentaron a mi gran amigo:
Exacto!! Sólo necesitas un rulo, o cualquier cosa cilíndrica -véase rollo de papel higiénico-, unos ganchos y un palillo que sirve de aguja. Por lo demás, el funcionamiento es muy simple y efectista, es básicamente como hacer punto. El resultado es un cordón hueco cuya forma y grosor puede variar en función de las dimensiones del soporte y la cantidad de horquillas utilizadas.
Después de dos horas en las que me lo pasé estupendamente, conseguí un largo cordón amorfo de diferentes grosores resultado de todas las pruebas realizadas. Muchas niñas se lo pusieron de collar, pero yo -y ahí me di cuenta de que la edad no perdona- decidí guardarlo en el bolso y no hacer mucha ostentación de mi cordón de entrenamiento.
Mañana por la tarde continuamos y tengo en mente un montón de proyectos bonitos.
Viva el tricotín!!
Viva!!
Buenos días, y ¿buena? suerte
Acabo de darme cuenta de que hace seis meses que no toco el blog, y me parece sorprendente lo rápido que se me han pasado. He pasado de un trabajo más que precario a una crisis existencial, de una propuesta de mudanza a una mudanza interminable y de señores con barretina y cagatiós a señoras con moños y orxata. Hay que ver cómo confunden los momentos de transición.
Sobra decir que el desempleo es una mierda, que el hecho de que el día de Reyes se me perforara el oído no es puramente circunstancial y que adaptarme de nuevo a una ciudad que abandoné por desavenencias irreconciliables se me está haciendo realmente difícil.
Añadiré, en cambio, que me encanta mi nuevo barrio y que la señora del puesto de queso del mercado me regala cosas. El mercado es ahora mi ecosistema favorito. Ya tengo mi huevería de confianza, mi pollería, mi frutería-verdulería, la carnicería de las hamburguesas ricas, la señora de las lechugas y la quesería. Tengo pendiente encontrar una charcutería que me ofrezca el mejor jamón york del condado.
Sobra decir que el desempleo es una mierda, que el hecho de que el día de Reyes se me perforara el oído no es puramente circunstancial y que adaptarme de nuevo a una ciudad que abandoné por desavenencias irreconciliables se me está haciendo realmente difícil.
Añadiré, en cambio, que me encanta mi nuevo barrio y que la señora del puesto de queso del mercado me regala cosas. El mercado es ahora mi ecosistema favorito. Ya tengo mi huevería de confianza, mi pollería, mi frutería-verdulería, la carnicería de las hamburguesas ricas, la señora de las lechugas y la quesería. Tengo pendiente encontrar una charcutería que me ofrezca el mejor jamón york del condado.
Y me encanta Dent May.
Proyectos inacabados
Me da vergüenza decirlo, pero yo nunca trabajo con patrones. Atesoro mi preciado Sistema Martí -con sus maravillosos figurines de los años 50- y me digo una y otra vez que, por fin, ha llegado el día de estudiarlo de cabo a rabo. Pero yo sigo siendo un desastre.
Cuando se me ocurre algo, me limito a esparcir telas por el suelo e ir probando hilos, encajes y demás artículos de mercería. Una vez prefigurada la idea, hago una bolita con todo ello y lo almaceno para una futura -que se pretende próxima pero no siempre lo es- sesión de costura. Debido a la falta de tiempo, o a su mala organización, la mayor parte de ellos se quedan en eso, proyectos inacabados con pelusillas del suelo adheridas entre blonda y blonda. A otros, sin embargo, les espera un final más feliz.
Esta temporada tengo unas cuantas ideas pendientes, un par de faldas, un camisón y un pantalón pijamero para el que compré una tela hace mil años -o tal vez fue al revés- y que nunca me he atrevido a abordar por miedo al más estrepitoso de los fracasos. Puede que sea un buen momento para él, ahora que aún muero porque no muero por la colección de Dolce & Gabanna. Y si no, otra vez será.


Cuando se me ocurre algo, me limito a esparcir telas por el suelo e ir probando hilos, encajes y demás artículos de mercería. Una vez prefigurada la idea, hago una bolita con todo ello y lo almaceno para una futura -que se pretende próxima pero no siempre lo es- sesión de costura. Debido a la falta de tiempo, o a su mala organización, la mayor parte de ellos se quedan en eso, proyectos inacabados con pelusillas del suelo adheridas entre blonda y blonda. A otros, sin embargo, les espera un final más feliz.
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Esta temporada tengo unas cuantas ideas pendientes, un par de faldas, un camisón y un pantalón pijamero para el que compré una tela hace mil años -o tal vez fue al revés- y que nunca me he atrevido a abordar por miedo al más estrepitoso de los fracasos. Puede que sea un buen momento para él, ahora que aún muero porque no muero por la colección de Dolce & Gabanna. Y si no, otra vez será.


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1. Proyecto inacabado, primavera 2008. La tela de la falda era una cortina manufacturada de los años 60, que nosotros reutilizábamos de mantel, por lo que mi idea de darle un tercer uso no fue muy apropiada. Estaba un poquito ajada. Eso sí, el cuerpo me sirvió, un año después, para otro vestido.
2-3. Proyecto, primavera 2008, y proyecto acabado.
4-5. Colección Dolce & Gabanna primavera/verano 2009. Posible inspiración para eterno proyecto inacabado de pantalón de pijama.
2-3. Proyecto, primavera 2008, y proyecto acabado.
4-5. Colección Dolce & Gabanna primavera/verano 2009. Posible inspiración para eterno proyecto inacabado de pantalón de pijama.
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